El sol de la tarde atravesaba los emplomados ventanales del camarote de capitán, proyectando rombos de luz dorada sobre los mapas extendidos en la mesa de roble. Blasco Núñez Vela, capitán general de la Real Armada de las Indias, caminaba de un lado a otro con las manos cruzadas tras la espalda, su rostro curtido contraído en un gesto de contrariedad. La torre de popa del galeón se mecía suavemente con el vaivén del la marea que subía, y desde allí podía divisarse toda la flota: veinte navíos y varias fustas más pequeñas amarradas en el puerto de Sanlúcar, preparándose para la gran travesía.
—¡Es un desatino, Diego! —exclamó Núñez, volviéndose bruscamente hacia su amigo Diego Flores, quien permanecía recostado en una silla junto a la ventana—. La ciudad me dio su licencia el año pasado para que tres de sus trompetas embarcaran con nosotros. ¡Tres! Y ahora, cuando más los necesito, me niegan hasta el último de ellos.
Diego Flores, hombre de mar experimentado y confidente del capitán general, se acarició la barba entrecana antes de responder.
—La ciudad tiene sus razones, Blasco. Los trompetas son necesarios también en Sevilla para las ceremonias del cabildo, para los pregones, para las festividades...
—¿Y acaso no son más necesarios para la gloria del emperador? —interrumpió Núñez, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Vamos a recoger el oro y la plata de las Indias, Diego. Oro que pertenece a la corona de España. Vamos a ir y retornar de Santo Domingo, y a demostrar a esos malditos corsarios franceses e ingleses que las rutas del Atlántico pertenecen a nuestro señor Carlos. ¿Y cómo vamos a hacer eso sin la solemnidad que merece? ¿Sin las trompetas que anuncien nuestra llegada, que proclamen que la mar es castellana, que infundan temor en el corazón de nuestros enemigos?
Diego asintió lentamente, comprendiendo la frustración de su amigo.
—Tienes razón en todo lo que dices. Las trompetas son más que música, son la voz del imperio. Cuando las escuchan en las Indias, saben que llega la autoridad de España. Son ceremonias, son poder, son...
—Son necesarias —concluyó Núñez, dejándose caer en su silla—. El emperador mismo me ordenó formar esta armada para proteger los cargamentos de metales preciosos. Los franceses nos asaltaron el año pasado, Diego. Hundieron dos de nuestros navíos en la costa de las Azores y se llevaron oro que valía más de lo que tres trompetas podrían costar en toda una vida. Y ahora el cabildo de Sevilla me discute por tres músicos.
Desde la ventana del camarote se veía la actividad febril del puerto. Decenas de hombres cargaban toneles de agua, sacos de bizcocho, barriles de vino y salazones en las bodegas de los navíos. Los carpinteros reparaban tablones, los calafates sellaban junturas con estopa y brea, y los artilleros limpiaban los cañones de bronce que sobresalían por las portas. El olor a alquitrán y salitre se mezclaba con el de las especias que llegaban de las bodegas de otros barcos recién llegados de Oriente.
Sanlúcar de Barrameda bullía con la preparación de la gran expedición. Las tabernas estaban llenas de marineros, soldados y mercaderes. Las mancebías hacían su agosto con tanto hombre de mar a punto de zarpar hacia lo desconocido. Y en las calles empedradas, los vendedores pregonaban sus mercancías: cuchillos toledanos, rosarios, medallas de santos protectores, amuletos contra las tormentas.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Diego—. ¿Vas a zarpar sin tus trompetas?
Núñez se quedó en silencio un momento, contemplando los navíos por la ventana. Luego se levantó con determinación.
—Voy a escribir al emperador. Si el cabildo de Sevilla no comprende la importancia de esta misión, quizás el rey Carlos pueda hacérsela entender.
—Es un buen plan —asintió Diego—. Una orden real es algo que ni el cabildo más terco puede ignorar.
Núñez se acercó a su escritorio, sacó un pliego de papel vitela, mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir con letra firme y decidida. Sus palabras explicaban la negativa del ayuntamiento, la necesidad imperiosa de que los trompetas acompañaran la expedición, el papel ceremonial que desempeñarían en la toma de posesión de territorios y en la representación de la majestad imperial en tierras americanas.
Mientras escribía, Diego se levantó y salió a cubierta. El atardecer teñía de naranja y púrpura las velas enrolladas de los navíos. A lo lejos, en la orilla, podía verse la silueta del castillo de Santiago y las casas blancas de Sanlúcar extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Era una imagen hermosa, pero también melancólica: la última visión del propio hogar que muchos de esos hombres tendrían antes de adentrarse en el océano desconocido.
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Alonso Pinto se secó el sudor de la frente con la manga de su camisa raída. El sol de la tarde caía a plomo sobre la plaza de San Jorge, donde un grupo de músicos ensayaba bajo la dirección del maestro Rodrigo de la Vega, el maestro de la pequeña banda de Salnúcar. Alonso tenía diecinueve años, pero su rostro aún conservaba algo de la suavidad adolescente, con mejillas sin barbas completas y ojos oscuros que brillaban con una curiosidad insaciable. No era alto, pero sí ágil y delgado, con manos fuertes de tanto trabajar y dedos largos y labios hábiles para la trompeta. Su cabello castaño, algo largo y siempre revuelto, le caía sobre la frente, y su manera de moverse era inquieta, como si no pudiera quedarse quieto mucho tiempo, como si algo dentro de él tirara constantemente hacia el horizonte.
Acababa de terminar su parte en el ensayo cuando escuchó voces conocidas detrás de él. Dos trompetistas mayores de Sevilla, Gaspar Ruiz y Fernando de Montilla, que por azar estaban en la villa portaría, conversaban mientras guardaban sus instrumentos. Alonso fingió estar ocupado limpiando su trompeta, pero aguzó el oído.
—Te digo que es una locura —decía Gaspar, un hombre de unos cuarenta años con una barriga prominente y una calva incipiente—. Núñez quiere que crucemos el océano como si fuera un paseo por el Guadalquivir.
—Tres meses de travesía, si hay suerte —añadió Fernando, más delgado pero igualmente desencantado—. Tres meses de tormentas, de comer bizcocho lleno de gorgojos, de dormir en hamacas húmedas. Y eso si no nos hunden los corsarios franceses o nos ataca alguna fiebre.
—Yo tengo mujer e hijos en Sevilla —suspiró Gaspar—. ¿Qué van a hacer sin mí durante más de un año? Porque ya sabes que no es solo la ida. Es la estancia allí, la vuelta... Pueden pasar dos años antes de que vuelva a ver mi casa.
—Si es que vuelves —murmuró Fernando sombríamente—. Mi primo fue a las Indias hace cinco años. Nunca regresó. Dicen que murió de las fiebres en Cartagena.
Alonso no comprendía cómo aquellos hombres podían ver el viaje como una maldición en lugar de como una bendición. ¡Las Indias! ¡El Nuevo Mundo! Tierras donde los árboles daban frutas desconocidas, donde había oro en los ríos, donde el cielo era diferente y las estrellas formaban constelaciones no se veían desde la península. ¿Cómo podían preferir quedarse en Sevilla, o aún peor en Sanlúcar, tocando para bodas y procesiones cuando podían ser parte de la Historia?
—Esperemos que el cabildo se mantenga firme —dijo Gaspar—. Si nos niegan la licencia, Núñez tendrá que buscarse otros trompetas. O zarpar sin ellos.
—Amén a eso —respondió Fernando.
Los dos hombres se alejaron, y Alonso se quedó allí, con su trompeta en las manos, sintiendo cómo un fuego se encendía en su pecho. Aquel fuego llevaba años ardiendo, desde que era un niño.
Alonso había nacido en Toledo, ciudad de espadas y de iglesias, de calles empinadas y de historia antigua. Su padre, hombre de armas, había muerto en las guerras de Flandes cuando Alonso tenía apenas once años. Una carta llegó un día, escrita por un capellán del ejército, informando a su madre de que Martín Pinto había caído en combate defendiendo las tierras del emperador. Alonso aún recordaba los sollozos de su madre, cómo se había aferrado a él y a sus hermanas menores, cómo la casa se había llenado de un silencio pesado y triste.
Su madre, Leonor, había hecho lo posible por mantener a la familia. Cosía, lavaba ropa, hacía trabajos para las familias nobles de Toledo. Pero cuando Alonso cumplió quince años, supo que tenía que marcharse. No podía seguir siendo una boca más que alimentar. Tenía que hacerse un hombre, ganarse la vida, enviar dinero a casa.
Su tío Anselmo, hermano menor de su padre, vivía en Sevilla y trabajaba como ministril del cabildo. Tocaba la trompeta en las ceremonias oficiales, en las fiestas, en los pregones. Cuando Alonso le escribió pidiéndole cobijo, Anselmo respondió que podía ir a vivir con él y aprender el oficio.
El viaje de Toledo a Sevilla fue la primera gran aventura de Alonso. Viajó en una caravana de mercaderes, durmiendo bajo las estrellas, comiendo pan duro y queso, escuchando las historias de los arrieros sobre bandidos y tesoros escondidos. Cuando finalmente vio Sevilla, con su catedral inmensa y su río lleno de barcos de todo el mundo, supo que había llegado a un lugar donde podían pasar cosas importantes.
Su tío Anselmo resultó ser un buen maestro, aunque exigente. Las primeras semanas, Alonso apenas podía sacarle a la trompeta más que graznidos y chirridos. Sus labios se agrietaban, su aliento se agotaba, y su tío le gritaba que soplara con el diafragma, no con los pulmones, que sintiera la música, que no solo la tocara.
Pero Alonso era tenaz. Practicaba hasta que le sangraban los labios. Practicaba en los callejones, en las riberas del río, en cualquier sitio donde no molestara demasiado. Y poco a poco, la trompeta comenzó a obedecerle. Descubrió que tenía un don para la improvisación, para crear melodías nuevas, para hacer que el metal cantara de maneras que su tío nunca le había enseñado.
Conseguir su propia trompeta fue otra batalla. Los instrumentos eran caros, especialmente los buenos, hechos por artesanos especializados con latón de calidad. Alonso trabajó durante dos años en todo lo que encontró: cargando sacos en el puerto, ayudando a los escribanos a copiar documentos, limpiando establos. Cada maravedí que ganaba lo guardaba celosamente en una bolsa de cuero que escondía bajo el jergón donde dormía.
Cuando finalmente tuvo suficiente dinero, fue a la tienda de Maestro Julián, el mejor fabricante de instrumentos de viento de Sevilla. La trompeta que eligió no era la más elaborada, pero tenía un sonido claro y puro, y cuando Alonso la sostuvo por primera vez, sintió que sostenía su futuro entre las manos.
Luego, hacía ya dos años, su tío Anselmo recibió una oferta para unirse a la capilla real en Madrid. Era una oportunidad que no podía rechazar: más dinero, más prestigio, más cerca del poder. Se marchó, dejando a Alonso en Sevilla con algunos contactos y la recomendación de que siguiera practicando. Sin su tío, su vida empeoró en la gran ciudad y acabó recalando en Sanlúcar donde vio el mar por primera vez y encontró una vida más pintoresca y de su gusto.
Alonso se las arregló bien en la ciudad marinera. Conseguía trabajos ocasionales tocando en festejos de bodas de familias acaudaladas, en festividades, en tabernas. Se unió al grupo de ministriles que ensayaban bajo la dirección del maestro Rodrigo de la Vega, esperando algún día poder ser contratado oficialmente por algún aristócrata o por el ayuntamiento de Sanlúcar. Mientras, trabajaba también de lo que saliera, desde estibador hasta ayudante de cocina del mesón de Julio Remes, un cocinero que daba de comer a marineros y soldados.
Y luego estaba Isabela.
La había conocido en la casa de Don Álvaro de Guzmán, un noble rico para el que ella trabajaba como modista. Alonso había ido allí para tocar en una fiesta, e Isabela estaba ayudando a las damas con sus vestidos. Sus miradas se cruzaron sobre la multitud de invitados, y Alonso sintió algo que nunca había sentido antes: como si una cuerda de su trompeta se hubiera tensado dentro de su pecho.
Isabela tenía diecisiete años, cabello negro recogido en trenzas, ojos verdes que parecían guardar secretos, y una sonrisa que hacía que el corazón de Alonso diera un vuelco. Era huérfana, criada por unas monjas, y ahora se ganaba la vida con la aguja. Era inteligente, graciosa, y cuando hablaba con Alonso, le hacía sentir que era el único hombre en el mundo. Su relación era inocente y torpe, como todo primer amor. Se encontraban en la plaza del Cabildo después de que ella terminara su trabajo. Caminaban juntos por las calles, hablando de sus sueños, de sus miedos. Se cogían de las manos a escondidas. Una vez, Alonso la besó bajo un naranjo en flor, y el sabor de sus labios le pareció más dulce que cualquier cosa que hubiera probado. Pero ahí se detenía todo. Alonso ardía en deseos que no sabía bien cómo nombrar, deseos que le quitaban el sueño por las noches. E Isabela, aunque le miraba con ojos que parecían prometer cosas, siempre se retiraba antes de que las cosas fueran más lejos. Eran jóvenes, no estaban casados, y aunque los dos sentían la atracción, algo —el miedo, la moral, la incertidumbre— los mantenía en ese territorio incierto entre la niñez y la edad adulta.
Los otros trompetistas se reían de él en los ensayos.
—¡Alonso está enamorado! —cantaba Herminio, otro que también consideraba una afrenta que se obligara a honrados trompetas a ir a las Indias—. ¡Miradle la cara de tonto cuando piensa en su Isabela!
Alonso se sonrojaba, pero no decía nada. ¿Qué podía decir? Era verdad.
Ahora, de pie en la plaza, con el sol poniéndose, Alonso pensaba en las palabras de Gaspar y Fernando. No querían ir a las Indias. Pero él sí. Dios, cómo quería ir. Quería ver esos lugares que solo existían en los relatos de los marineros, quería tocar su trompeta en costas lejanas, quería ser parte de algo más grande que tocar en fiestas de poca monta.
Pero ¿cómo podía hacerlo? Era solo un aprendiz, un muchacho de diecinueve años sin reputación ni contactos importantes. Núñez Vela buscaba trompetistas expertos de Sevilla, no a un chiquillo aficionado de Sanlúcar.
Esa noche, Alonso apenas durmió. Su mente daba vueltas y más vueltas al problema. Tenía que encontrar una manera. Tenía que hacerlo.
Los días siguientes, Alonso empezó a observar al maestro Rodrigo de la Vega con nuevos ojos. Rodrigo, el director de la banda de ministriles, era un hombre serio y competente que a pesar de vivir en Sanlúcar, tenía contactos con el cabildo de Sevilla. Si Alonso quería tener alguna posibilidad de unirse a la expedición, necesitaba que alguien como Rodrigo hablara bien de él.
Pero no podía simplemente acercarse y pedírselo. Rodrigo lo vería como lo que era: un jovencito presuntuoso con más ambición que talento comprobado.
Así que Alonso adoptó otra estrategia. Comenzó a ayudar a Rodrigo de manera desinteresada. Después de los ensayos, se quedaba a ordenar los atriles y las partituras. Cuando Rodrigo necesitaba que alguien fuera a buscar un instrumento reparado, Alonso se ofrecía voluntario. Si había que cargar los instrumentos pesados para una procesión, allí estaba Alonso, sudando pero sonriendo.
—Eres un buen muchacho, Alonso —le dijo Rodrigo un día, después de que Alonso le ayudara a transcribir unas partituras—. Muchos de los jóvenes de ahora solo piensan en sí mismos.
Alonso sonrió, sintiendo una punzada de culpa. Porque él también estaba pensando en sí mismo, aunque Rodrigo no lo supiera.
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Mientras tanto, en la nave capitana, Blasco Núñez Vela se desesperaba. Habían pasado semanas desde que había enviado la carta al emperador, y no recibía respuesta. Cada día que pasaba era un día perdido. La época de navegación óptima se acortaba, y si no zarpaban pronto, tendrían que enfrentarse a las tormentas del verano atlántico.
—Tal vez deberías reconsiderar el asunto —le sugirió Diego Flores una tarde—. Podríamos zarpar sin los trompetas. O buscar algunos en otra ciudad.
—¡No! —rugió Núñez—. Esto es una cuestión de principios. El emperador dio una orden, y el cabildo de Sevilla debe obedecerla. No voy a ceder.
Pero por dentro, Núñez sabía que el tiempo se agotaba.
Alonso también sentía que el tiempo se le escapaba. Había escuchado rumores de que la flota zarparía pronto, con o sin los trompetas de Sevilla. Tenía que hacer algo más, algo audaz.
Una tarde, tomó su trompeta y caminó hasta el puerto. Los grandes galeones estaban allí, meciéndose suavemente en el agua protegida por el malecón. El navío capitán, el más grande y ornamentado de todos, se erguía como un castillo flotante, con sus dos mástiles apuntando al cielo y su torre de popa elevándose sobre la cubierta.
Alonso se situó en el muelle, justo frente al galeón, y comenzó a tocar.
Tocó las melodías que había aprendido de su tío. Tocó las canciones populares que los marineros cantaban en las tabernas. Y luego, cuando se sintió más seguro, comenzó a improvisar. Dejó que la música fluyera de su interior, melodías que nunca había tocado antes, notas que subían y bajaban como las olas del océano, ritmos que parecían imitar el latido de un corazón aventurero. La gente comenzó a reunirse. Marineros, vendedores, prostitutas, niños, todos se detuvieron a escuchar. Algunos aplaudían, otros lanzaban monedas a sus pies aunque siempre pocas, a decir verdad. Un viejo marinero con un parche en el ojo silbaba al compás de la música.
Pero Núñez Vela no aparecía.
Alonso volvió al día siguiente. Y al siguiente. Cada tarde, al atardecer, se plantaba frente al galeón capitán y tocaba su trompeta. La multitud crecía. Algunos comenzaron a llevar a sus familias para escucharle. Una mujer le dio una hogaza de pan. Un comerciante le ofreció vino.
Pero Núñez no salía del barco.
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Finalmente, después de lo que parecieron eternidades, llegó la respuesta del emperador.
La carta llegó en un veloz correo desde Madrid, con el sello real brillando en lacre rojo. Núñez la abrió con manos temblorosas, leyó rápidamente, y luego dejó escapar un gruñido de frustración mezclada con alivio.
—¿Qué dice? —preguntó Diego.
—Que el cabildo debe autorizar el viaje de un trompeta. Uno. No tres, uno —Núñez arrojó la carta sobre la mesa—. ¡Solo uno! ¿Cómo voy a hacer la pompa necesaria con un solo maldito trompeta?
—Al menos es uno —intentó consolarlo Diego—. Es mejor que ninguno.
—Supongo —gruñó Núñez—. Y dice que debe estar aquí en seis días. Zarparemos en cuanto llegue, con o sin más músicos.
El cabildo de Sevilla, enfrentado a una orden imperial directa, no tuvo más remedio que obedecer. Eligieron a un tal Fernando Olaso, a pesar de sus protestas, y le ordenaron presentarse en Sanlúcar de Barrameda en el plazo establecido. Olaso aceptó con el corazón encogido, despidiéndose de su mujer y sus hijos como si fuera a una ejecución.
Esa misma tarde, Núñez estaba en su camarote revisando los últimos manifiestos de carga cuando escuchó música desde el muelle. Era esa trompeta otra vez, ese muchacho que había estado tocando durante días. Núñez había escuchado fragmentos de esa música mientras trabajaba, siempre desde lejos, y tenía que admitir que el chico tenía talento. Pero estaba demasiado ocupado para prestarle verdadera atención.
Hoy, sin embargo, la frustración de tener solo un trompeta le carcomía. Salió a cubierta, malhumorado, y se apoyó en la barandilla para escuchar.
Alonso estaba tocando una melodía que había compuesto esa misma mañana, pensando en Isabela, en el mar, en todo lo que quería descubrir. La música era alegre pero con un toque de melancolía, como una despedida y un comienzo al mismo tiempo.
Núñez escuchó durante varios minutos. El muchacho era bueno, muy bueno para su edad. Tenía técnica, pero más importante aún, tenía alma. Su música te hacía sentir cosas.
Alonso vio que Núñez había salido a cubierta. Este era el momento. Dejó de tocar, recogió las monedas que había en el suelo a sus pies, y antes de que pudiera perder el valor, subió por la pasarela del galeón.
Un guardia lo detuvo inmediatamente.
—¡Eh, tú! ¿Adónde crees que vas?
—¡Capitán Núñez! —gritó Alonso, con la voz quebrada por los nervios—. ¡Puedo ayudarle! ¡Puedo ir como trompeta en su armada!
Núñez le miró con curiosidad. El muchacho era un crío, delgaducho y con ojos demasiado grandes para su cara. Pero había algo en él, una determinación, un fuego.
—Déjalo pasar —ordenó Núñez.
Alonso se acercó, aferrando su trompeta como si fuera lo único que lo mantenía en pie.
—Capitán, yo... yo puedo tocar la trompeta. He estado practicando durante años. Puedo ir con la armada, no necesito mucho, solo comida, un sitio donde dormir y algo de dinero para...
—¿Cuántos años tienes, muchacho? —interrumpió Núñez.
—Diecinueve, señor.
Núñez negó con la cabeza.
—Eres un crío. La travesía es dura. Tormentas, corsarios, enfermedades. Muchos hombres hechos y derechos no sobreviven. ¿Y tú crees que puedes?
—Sí, señor. Lo sé.
—No, no puedes —Núñez se dio la vuelta—. Vete a casa, muchacho. Busca un trabajo menos arriesgado, no pongas en riesgo tu vida aún. Casate con una buena chica. Toca en las fiestas. Pero esto no es para ti.
Alonso sintió que el mundo se le caía encima. Pero no se movió. Se quedó allí, de pie, con su trompeta, mirando la espalda del capitán mientras este se alejaba.
El guardia le agarró del brazo.
—Vamos, has oído al capitán. Fuera de aquí.
Alonso bajó del barco, pero no se rindió. Al día siguiente volvió. Y al siguiente, cuando ya era evidente que la flota estaba lista para zarpar. Y tocó su trompeta con más pasión que nunca, como si cada nota fuera un ruego, una súplica, una promesa.
Y Núñez, a pesar suyo, salía cada vez más a menudo a cubierta para escucharlo. La música del muchacho le gustaba. Le recordaba por qué había elegido la vida de mar, por qué había aceptado esta misión casi imposible. Había algo en esas melodías que hablaba de juventud, de sueños, de un mundo por descubrir.
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Seis días después, el músico Fernando Olano llegó a Sanlúcar, montado en una mula y con su trompeta envuelta en paños. Parecía un hombre que camina hacia el patíbulo. Núñez lo recibió en su camarote. El instrumentista era competente, profesional, pero se le veía miserable. Respondía a las preguntas con monosílabos, asentía sin entusiasmo, y cuando Núñez le preguntó si estaba listo para la gran aventura, implemente dijo:
—Estoy aquí porque el emperador lo ordena, capitán. Cumpliré con mi deber.
Después de que Fernando se retirara a inspeccionar su camarote, Núñez salió a cubierta. Era el atardecer, y como un reloj, allí estaba el muchacho en el muelle, con su trompeta. Esta vez tocaba algo diferente, algo más suave, casi como una canción de cuna. Había menos gente alrededor; la novedad se había gastado. Pero el chico seguía tocando, como si no pudiera parar, como si tocar fuera lo único que importaba.
Alonso terminó su melodía y, como todos los días, miró hacia el galeón. Y allí, en cubierta, estaba el capitán Núñez mirándolo. Sus ojos se encontraron.
Alonso no subió al barco esta vez. Simplemente se quedó allí, de pie, con su trompeta colgando de sus brazos caídos, y su expresión decía todo lo que no podía poner en palabras: "Por favor. Déjeme ir con vos. Es lo único que quiero en este mundo".
Núñez lo miró durante un largo momento. Pensó en el sevillano que le habían enviado, profesional pero sin alma, un hombre que tocaba por obligación. Y pensó en este muchacho, este crío que era demasiado joven y demasiado inexperto, pero que tenía algo que el otro nunca tendría: el fuego de un sueño.
—¡Muchacho! —gritó Núñez—. ¡Sube aquí!
Alonso no se lo pensó dos veces. Corrió por la pasarela tan rápido que casi tropezó.
Núñez le miró fijamente.
—Si te llevo, será como aprendiz del trompeta oficial. Te pagaré lo mínimo: comida, hamaca, y unas pocas monedas. No habrá lujos. Trabajarás duro. Y si no puedes con la travesía, si te enfermas o si estorbas, te dejaré en el primer puerto que toquemos. ¿Entendido?
Alonso apenas podía respirar.
—Sí, señor. Sí. Gracias, señor. No le defraudaré.
Núñez sacó una bolsa de monedas y se la entregó.
—Ve al sastre. Necesitas un uniforme de trompeta. Tenemos uno de repuesto, pero hay que ajustarlo. Dile que te lo haga urgente. Zarpamos en dos días.
Alonso tomó la bolsa con manos temblorosas. Quería abrazar al capitán, quería gritar, quería bailar. En lugar de eso, hizo una reverencia profunda.
—Gracias, capitán. Gracias. No... no sé qué decir.
—No digas nada. Solo asegúrate de estar listo —Núñez le dio la espalda, ocultando una pequeña sonrisa—. Y dile al sastre que use paño de Contray. Los trompetas de la armada imperial no visten harapos.
Alonso corrió del barco como si le llevaran alas. En su camino al sastre, su mente era un torbellino. Tenía que empacar sus cosas, tenía que despedirse de Rodrigo, tenía que... Isabela. Su imagen le llegó de pronto a la mente.
Se detuvo en seco. Isabela. ¿Cómo podía irse sin despedirse de ella?
Cambió de dirección y corrió hacia la casa de Don Álvaro, donde sabía que ella estaría trabajando a esa hora. Cuando llegó, jadeante y sudoroso, preguntó por ella. Una criada le dijo que estaba en el costurero del segundo piso.
Alonso subió las escaleras de dos en dos. Cuando entró en la sala, Isabela estaba junto a una ventana, cosiendo un vestido de seda verde. La luz del atardecer la iluminaba como si fuera un cuadro.
Ella levantó la vista y sonrió, pero la sonrisa se desvaneció cuando vio la expresión en el rostro de Alonso.
—¿Qué ocurre? —preguntó, dejando la costura.
—Me voy —dijo Alonso, las palabras saliendo atropelladamente—. Me voy a las Indias. Con la armada del capitán Núñez. Zarpamos en dos días.
El rostro de Isabela palideció. Se llevó una mano al pecho.
—¿Dos días? ¿Y cuándo... cuándo volverás?
—No lo sé. Un año, quizás dos —Alonso se acercó a ella, tomándole las manos—. Isabela, es mi oportunidad. Es lo que siempre he querido. Ver el mundo, ser parte de algo importante...
—¿Y yo? —su voz era apenas un susurro—. ¿Qué seré yo en tus aventuras? ¿Una memoria? ¿Un recuerdo que se desvanece con el tiempo?
Alonso sintió un nudo en la garganta.
—Tú serás la razón por la que volveré. Te prometo que volveré, Isabela. Y cuando lo haga, seré alguien. Tendré dinero, tendré reputación. Podré pedirte en matrimonio como un hombre de verdad, no como un aprendiz sin futuro. Te voy a dar la mejor vida que puedas imaginar.
Isabela lloró, pero asintió. Se abrazaron allí, en el costurero, con el olor a tela y a lavanda rodeándolos. Se besaron, un beso largo y desesperado que sabía a despedida y a promesas inciertas. Las manos de Alonso exploraron la espalda de ella, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la ropa, y por un momento ambos quisieron más, mucho más. Pero sabían que no era el momento ni el lugar.
Cuando se separaron, Isabela le puso algo en la mano: un pañuelo bordado con sus iniciales. Lo había cosido en secreto sin atreverse a dárselo.
—Para que no me olvides —dijo.
—Jamás podría —respondió Alonso, guardándose el pañuelo contra el pecho como si fuera un tesoro.
Se despidieron en la puerta. Alonso la vio alejarse por el pasillo, su silueta recortada contra la luz, y se preguntó si volvería a verla alguna vez.
Esa noche, después de ir al sastre y encargar su uniforme de paño de Contray —ocho varas de la mejor tela flamenca, como correspondía a un trompeta de la armada imperial—, Alonso volvió a la pequeña habitación que alquilaba cerca del puerto. Se tumbó en su jergón, incapaz de dormir, su mente llena de imágenes.
Se veía a sí mismo en la proa de un gran galeón, tocando su trompeta mientras olas gigantescas rompían contra el casco. Se imaginaba llegando a puertos exóticos, con palmeras y playas de arena dorada, tocando para anunciar la llegada del representante del emperador. Se veía luchando contra corsarios, con espada en una mano y trompeta en la otra, como un héroe de las historias que su padre le contaba de niño.
Veía también peligros: tormentas que podían partir un navío por la mitad, fiebres que convertían a los hombres en cadáveres en cuestión de días, corsarios franceses con sus barcos negros y sus banderas sin piedad. Pero incluso los peligros parecían excitantes, parte de la gran aventura.
Y veía a Isabela, esperándolo en Sevilla, mirando hacia el horizonte cada atardecer, preguntándose dónde estaría él, si estaría vivo, si volvería algún día.
"Volveré", se prometió a sí mismo en la oscuridad. "Volveré siendo alguien importante. Alguien digno de ella".
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Los dos días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Alonso recogió su uniforme del sastre —pantalones y casaca de paño azul oscuro de Contray, con botones dorados y ribetes rojos—. Cuando se lo probó y se miró en el pequeño espejo de estaño del sastre, apenas se reconoció. Ya no parecía un aprendiz de Sanlúcar. Parecía un músico de la armada imperial.
Empaquetó sus escasas posesiones: algo de ropa, el pañuelo de Isabela, una pequeña imagen de la Virgen que su madre le había dado cuando salió de Toledo, y por supuesto, su trompeta. Todo cabía en un hatillo que podía llevar al hombro.
Se despidió del maestro director, quien le dio una palmada en la espalda y le deseó buena suerte.
—Sabía que harías algo grande, muchacho —le dijo—. Tienes el fuego. No lo pierdas.
La noche antes de zarpar, Alonso volvió a la plaza del Cabildo, donde tantas veces se había encontrado con Isabela. Ella estaba allí, esperándolo bajo el naranjo donde se habían besado por primera vez. No hablaron mucho. Simplemente se sentaron juntos, con las manos entrelazadas, mirando las estrellas que pronto serían su techo.
—Escríbeme si puedes —dijo Isabela.
—Lo haré. En cada puerto. Te enviaré cartas con cada barco que vuelva a España.
—Y yo las guardaré todas. Las leeré cada noche antes de dormir.
Se besaron una última vez, y luego Alonso se obligó a levantarse y alejarse. Si se quedaba más tiempo, no tendría el valor de partir.
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El día de la partida amaneció claro y brillante. El puerto de Sanlúcar era una confusión organizada de actividad. Los veinte navíos de la armada estaban listos, con las velas desplegadas y las anclas preparadas para ser izadas. Los marineros gritaban órdenes, los oficiales revisaban listas, y las familias se despedían de sus hombres con lágrimas y bendiciones.
Alonso subió al galeón capitán con su hatillo al hombro y su trompeta en la mano. Un contramaestre le asignó una hamaca en la cubierta inferior, junto a otros marineros y soldados. El espacio era estrecho y olía a alquitrán y humanidad, pero a Alonso no le importó. Estaba en el barco. Iba a las Indias.
Su colega músico lo recibió con indiferencia. El trompeta oficial tenía su propio camarote pequeño, como correspondía a un interprete contratado por el cabildo, y dejó claro que Alonso era su subordinado.
—Harás lo que yo te diga, cuando yo te lo diga —le instruyó—. Yo toco en las ceremonias importantes. Tú tocas cuando yo no pueda o cuando te lo ordene. ¿Entendido?
—Sí, señor —respondió Alonso, sin importarle la arrogancia del hombre. Nada podía estropear su alegría.
Al mediodía, llegó la orden. Las campanas de la iglesia de Sanlúcar tañeron, las anclas fueron izadas con grandes chirridos de cadenas, y las velas se desplegaron completamente, hinchándose con el viento del oeste.
La armada comenzó a moverse.
Núñez Vela ordenó que se tocaran las trompetas para marcar la salida. Olano se situó en la cubierta principal, con su uniforme impecable, y tocó una fanfarria solemne y ceremonial. Era técnicamente perfecta pero sin alma, como todo lo que hacía el sevillano.
Cuando terminó, Núñez, que estaba en el alcázar junto al timonel, hizo un gesto a Alonso.
—Tú, muchacho. Toca algo para despedirnos.
Alonso sintió que todos los ojos se volvían hacia él. Los marineros, los soldados, los oficiales, todos esperaban. Por un momento, el pánico lo invadió. ¿Qué debía tocar? ¿Algo solemne? ¿Algo alegre?
Luego miró hacia el puerto que se alejaba lentamente. Vio las casas blancas de Sanlúcar, el castillo de Santiago, las pequeñas figuras en el muelle despidiéndose con pañuelos. Y en su mente vio a Isabela, a su madre en Toledo, a su tío en Madrid, a todos los que dejaba atrás.
Llevó la trompeta a los labios y comenzó a tocar.
No era una melodía que hubiera aprendido. Era algo que nacía en ese momento, de su corazón. Era una canción de despedida, pero también de esperanza. Era triste pero hermosa. Era el fin de algo y el comienzo de algo más grande.
Los hombres del barco se quedaron en silencio, escuchando. Algunos tenían lágrimas en los ojos. Todos pensaban en lo que dejaban atrás y en lo que encontrarían adelante. El mar se extendía ante ellos, vasto e infinito, lleno de promesas y peligros, corsarios y tormentas. Alonso no tenía miedo. Tenía diecinueve años, una trompeta, y el mundo entero por descubrir.
Núñez Vela sonrió desde el alcázar. Había tomado la decisión correcta al llevarse al muchacho.
























