5/2/26

El trompeta de la Armada de Indias

 


El sol de la tarde atravesaba los emplomados ventanales del camarote de capitán, proyectando rombos de luz dorada sobre los mapas extendidos en la mesa de roble. Blasco Núñez Vela, capitán general de la Real Armada de las Indias, caminaba de un lado a otro con las manos cruzadas tras la espalda, su rostro curtido contraído en un gesto de contrariedad. La torre de popa del galeón se mecía suavemente con el vaivén del la marea que subía, y desde allí podía divisarse toda la flota: veinte navíos y varias fustas más pequeñas amarradas en el puerto de Sanlúcar, preparándose para la gran travesía.

—¡Es un desatino, Diego! —exclamó Núñez, volviéndose bruscamente hacia su amigo Diego Flores, quien permanecía recostado en una silla junto a la ventana—. La ciudad me dio su licencia el año pasado para que tres de sus trompetas embarcaran con nosotros. ¡Tres! Y ahora, cuando más los necesito, me niegan hasta el último de ellos.

Diego Flores, hombre de mar experimentado y confidente del capitán general, se acarició la barba entrecana antes de responder.

—La ciudad tiene sus razones, Blasco. Los trompetas son necesarios también en Sevilla para las ceremonias del cabildo, para los pregones, para las festividades...

—¿Y acaso no son más necesarios para la gloria del emperador? —interrumpió Núñez, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Vamos a recoger el oro y la plata de las Indias, Diego. Oro que pertenece a la corona de España. Vamos a ir y retornar de Santo Domingo, y a demostrar a esos malditos corsarios franceses e ingleses que las rutas del Atlántico pertenecen a nuestro señor Carlos. ¿Y cómo vamos a hacer eso sin la solemnidad que merece? ¿Sin las trompetas que anuncien nuestra llegada, que proclamen que la mar es castellana, que infundan temor en el corazón de nuestros enemigos?

Diego asintió lentamente, comprendiendo la frustración de su amigo.

—Tienes razón en todo lo que dices. Las trompetas son más que música, son la voz del imperio. Cuando las escuchan en las Indias, saben que llega la autoridad de España. Son ceremonias, son poder, son...

—Son necesarias —concluyó Núñez, dejándose caer en su silla—. El emperador mismo me ordenó formar esta armada para proteger los cargamentos de metales preciosos. Los franceses nos asaltaron el año pasado, Diego. Hundieron dos de nuestros navíos en la costa de las Azores y se llevaron oro que valía más de lo que tres trompetas podrían costar en toda una vida. Y ahora el cabildo de Sevilla me discute por tres músicos.

Desde la ventana del camarote se veía la actividad febril del puerto. Decenas de hombres cargaban toneles de agua, sacos de bizcocho, barriles de vino y salazones en las bodegas de los navíos. Los carpinteros reparaban tablones, los calafates sellaban junturas con estopa y brea, y los artilleros limpiaban los cañones de bronce que sobresalían por las portas. El olor a alquitrán y salitre se mezclaba con el de las especias que llegaban de las bodegas de otros barcos recién llegados de Oriente.

Sanlúcar de Barrameda bullía con la preparación de la gran expedición. Las tabernas estaban llenas de marineros, soldados y mercaderes. Las mancebías hacían su agosto con tanto hombre de mar a punto de zarpar hacia lo desconocido. Y en las calles empedradas, los vendedores pregonaban sus mercancías: cuchillos toledanos, rosarios, medallas de santos protectores, amuletos contra las tormentas.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Diego—. ¿Vas a zarpar sin tus trompetas?

Núñez se quedó en silencio un momento, contemplando los navíos por la ventana. Luego se levantó con determinación.

—Voy a escribir al emperador. Si el cabildo de Sevilla no comprende la importancia de esta misión, quizás el rey Carlos pueda hacérsela entender.

—Es un buen plan —asintió Diego—. Una orden real es algo que ni el cabildo más terco puede ignorar.

Núñez se acercó a su escritorio, sacó un pliego de papel vitela, mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir con letra firme y decidida. Sus palabras explicaban la negativa del ayuntamiento, la necesidad imperiosa de que los trompetas acompañaran la expedición, el papel ceremonial que desempeñarían en la toma de posesión de territorios y en la representación de la majestad imperial en tierras americanas.

Mientras escribía, Diego se levantó y salió a cubierta. El atardecer teñía de naranja y púrpura las velas enrolladas de los navíos. A lo lejos, en la orilla, podía verse la silueta del castillo de Santiago y las casas blancas de Sanlúcar extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Era una imagen hermosa, pero también melancólica: la última visión del propio hogar que muchos de esos hombres tendrían antes de adentrarse en el océano desconocido. 

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Alonso Pinto se secó el sudor de la frente con la manga de su camisa raída. El sol de la tarde caía a plomo sobre la plaza de San Jorge, donde un grupo de músicos ensayaba bajo la dirección del maestro Rodrigo de la Vega, el maestro de la pequeña banda de Salnúcar. Alonso tenía diecinueve años, pero su rostro aún conservaba algo de la suavidad adolescente, con mejillas sin barbas completas y ojos oscuros que brillaban con una curiosidad insaciable. No era alto, pero sí ágil y delgado, con manos fuertes de tanto trabajar y dedos largos y labios hábiles para la trompeta. Su cabello castaño, algo largo y siempre revuelto, le caía sobre la frente, y su manera de moverse era inquieta, como si no pudiera quedarse quieto mucho tiempo, como si algo dentro de él tirara constantemente hacia el horizonte.

Acababa de terminar su parte en el ensayo cuando escuchó voces conocidas detrás de él. Dos trompetistas mayores de Sevilla, Gaspar Ruiz y Fernando de Montilla, que por azar estaban en la villa portaría, conversaban mientras guardaban sus instrumentos. Alonso fingió estar ocupado limpiando su trompeta, pero aguzó el oído.

—Te digo que es una locura —decía Gaspar, un hombre de unos cuarenta años con una barriga prominente y una calva incipiente—. Núñez quiere que crucemos el océano como si fuera un paseo por el Guadalquivir.

—Tres meses de travesía, si hay suerte —añadió Fernando, más delgado pero igualmente desencantado—. Tres meses de tormentas, de comer bizcocho lleno de gorgojos, de dormir en hamacas húmedas. Y eso si no nos hunden los corsarios franceses o nos ataca alguna fiebre.

—Yo tengo mujer e hijos en Sevilla —suspiró Gaspar—. ¿Qué van a hacer sin mí durante más de un año? Porque ya sabes que no es solo la ida. Es la estancia allí, la vuelta... Pueden pasar dos años antes de que vuelva a ver mi casa.

—Si es que vuelves —murmuró Fernando sombríamente—. Mi primo fue a las Indias hace cinco años. Nunca regresó. Dicen que murió de las fiebres en Cartagena.

Alonso no comprendía cómo aquellos hombres podían ver el viaje como una maldición en lugar de como una bendición. ¡Las Indias! ¡El Nuevo Mundo! Tierras donde los árboles daban frutas desconocidas, donde había oro en los ríos, donde el cielo era diferente y las estrellas formaban constelaciones no se veían desde la península. ¿Cómo podían preferir quedarse en Sevilla, o aún peor en Sanlúcar, tocando para bodas y procesiones cuando podían ser parte de la Historia?

—Esperemos que el cabildo se mantenga firme —dijo Gaspar—. Si nos niegan la licencia, Núñez tendrá que buscarse otros trompetas. O zarpar sin ellos.

—Amén a eso —respondió Fernando.

Los dos hombres se alejaron, y Alonso se quedó allí, con su trompeta en las manos, sintiendo cómo un fuego se encendía en su pecho. Aquel fuego llevaba años ardiendo, desde que era un niño.

Alonso había nacido en Toledo, ciudad de espadas y de iglesias, de calles empinadas y de historia antigua. Su padre, hombre de armas, había muerto en las guerras de Flandes cuando Alonso tenía apenas once años. Una carta llegó un día, escrita por un capellán del ejército, informando a su madre de que Martín Pinto había caído en combate defendiendo las tierras del emperador. Alonso aún recordaba los sollozos de su madre, cómo se había aferrado a él y a sus hermanas menores, cómo la casa se había llenado de un silencio pesado y triste.

Su madre, Leonor, había hecho lo posible por mantener a la familia. Cosía, lavaba ropa, hacía trabajos para las familias nobles de Toledo. Pero cuando Alonso cumplió quince años, supo que tenía que marcharse. No podía seguir siendo una boca más que alimentar. Tenía que hacerse un hombre, ganarse la vida, enviar dinero a casa.

Su tío Anselmo, hermano menor de su padre, vivía en Sevilla y trabajaba como ministril del cabildo. Tocaba la trompeta en las ceremonias oficiales, en las fiestas, en los pregones. Cuando Alonso le escribió pidiéndole cobijo, Anselmo respondió que podía ir a vivir con él y aprender el oficio.

El viaje de Toledo a Sevilla fue la primera gran aventura de Alonso. Viajó en una caravana de mercaderes, durmiendo bajo las estrellas, comiendo pan duro y queso, escuchando las historias de los arrieros sobre bandidos y tesoros escondidos. Cuando finalmente vio Sevilla, con su catedral inmensa y su río lleno de barcos de todo el mundo, supo que había llegado a un lugar donde podían pasar cosas importantes.

Su tío Anselmo resultó ser un buen maestro, aunque exigente. Las primeras semanas, Alonso apenas podía sacarle a la trompeta más que graznidos y chirridos. Sus labios se agrietaban, su aliento se agotaba, y su tío le gritaba que soplara con el diafragma, no con los pulmones, que sintiera la música, que no solo la tocara.

Pero Alonso era tenaz. Practicaba hasta que le sangraban los labios. Practicaba en los callejones, en las riberas del río, en cualquier sitio donde no molestara demasiado. Y poco a poco, la trompeta comenzó a obedecerle. Descubrió que tenía un don para la improvisación, para crear melodías nuevas, para hacer que el metal cantara de maneras que su tío nunca le había enseñado.

Conseguir su propia trompeta fue otra batalla. Los instrumentos eran caros, especialmente los buenos, hechos por artesanos especializados con latón de calidad. Alonso trabajó durante dos años en todo lo que encontró: cargando sacos en el puerto, ayudando a los escribanos a copiar documentos, limpiando establos. Cada maravedí que ganaba lo guardaba celosamente en una bolsa de cuero que escondía bajo el jergón donde dormía.

Cuando finalmente tuvo suficiente dinero, fue a la tienda de Maestro Julián, el mejor fabricante de instrumentos de viento de Sevilla. La trompeta que eligió no era la más elaborada, pero tenía un sonido claro y puro, y cuando Alonso la sostuvo por primera vez, sintió que sostenía su futuro entre las manos.

Luego, hacía ya dos años, su tío Anselmo recibió una oferta para unirse a la capilla real en Madrid. Era una oportunidad que no podía rechazar: más dinero, más prestigio, más cerca del poder. Se marchó, dejando a Alonso en Sevilla con algunos contactos y la recomendación de que siguiera practicando. Sin su tío, su vida empeoró en la gran ciudad y acabó recalando en Sanlúcar donde vio el mar por primera vez y encontró una vida más pintoresca y de su gusto.

Alonso se las arregló bien en la ciudad marinera. Conseguía trabajos ocasionales tocando en festejos de bodas de familias acaudaladas, en festividades, en tabernas. Se unió al grupo de ministriles que ensayaban bajo la dirección del maestro Rodrigo de la Vega, esperando algún día poder ser contratado oficialmente por algún aristócrata o por el ayuntamiento de Sanlúcar. Mientras, trabajaba también de lo que saliera, desde estibador hasta ayudante de cocina del mesón de Julio Remes, un cocinero que daba de comer a marineros y soldados.

Y luego estaba Isabela.

La había conocido en la casa de Don Álvaro de Guzmán, un noble rico para el que ella trabajaba como modista. Alonso había ido allí para tocar en una fiesta, e Isabela estaba ayudando a las damas con sus vestidos. Sus miradas se cruzaron sobre la multitud de invitados, y Alonso sintió algo que nunca había sentido antes: como si una cuerda de su trompeta se hubiera tensado dentro de su pecho.

Isabela tenía diecisiete años, cabello negro recogido en trenzas, ojos verdes que parecían guardar secretos, y una sonrisa que hacía que el corazón de Alonso diera un vuelco. Era huérfana, criada por unas monjas, y ahora se ganaba la vida con la aguja. Era inteligente, graciosa, y cuando hablaba con Alonso, le hacía sentir que era el único hombre en el mundo. Su relación era inocente y torpe, como todo primer amor. Se encontraban en la plaza del Cabildo después de que ella terminara su trabajo. Caminaban juntos por las calles, hablando de sus sueños, de sus miedos. Se cogían de las manos a escondidas. Una vez, Alonso la besó bajo un naranjo en flor, y el sabor de sus labios le pareció más dulce que cualquier cosa que hubiera probado. Pero ahí se detenía todo. Alonso ardía en deseos que no sabía bien cómo nombrar, deseos que le quitaban el sueño por las noches. E Isabela, aunque le miraba con ojos que parecían prometer cosas, siempre se retiraba antes de que las cosas fueran más lejos. Eran jóvenes, no estaban casados, y aunque los dos sentían la atracción, algo —el miedo, la moral, la incertidumbre— los mantenía en ese territorio incierto entre la niñez y la edad adulta.

Los otros trompetistas se reían de él en los ensayos.

—¡Alonso está enamorado! —cantaba Herminio, otro que también consideraba una afrenta que se obligara a honrados trompetas a ir a las Indias—. ¡Miradle la cara de tonto cuando piensa en su Isabela!

Alonso se sonrojaba, pero no decía nada. ¿Qué podía decir? Era verdad.

Ahora, de pie en la plaza, con el sol poniéndose, Alonso pensaba en las palabras de Gaspar y Fernando. No querían ir a las Indias. Pero él sí. Dios, cómo quería ir. Quería ver esos lugares que solo existían en los relatos de los marineros, quería tocar su trompeta en costas lejanas, quería ser parte de algo más grande que tocar en fiestas de poca monta.

Pero ¿cómo podía hacerlo? Era solo un aprendiz, un muchacho de diecinueve años sin reputación ni contactos importantes. Núñez Vela buscaba trompetistas expertos de Sevilla, no a un chiquillo aficionado de Sanlúcar.

Esa noche, Alonso apenas durmió. Su mente daba vueltas y más vueltas al problema. Tenía que encontrar una manera. Tenía que hacerlo.

Los días siguientes, Alonso empezó a observar al maestro Rodrigo de la Vega con nuevos ojos. Rodrigo, el director de la banda de ministriles, era un hombre serio y competente que a pesar de vivir en Sanlúcar, tenía contactos con el cabildo de Sevilla. Si Alonso quería tener alguna posibilidad de unirse a la expedición, necesitaba que alguien como Rodrigo hablara bien de él.

Pero no podía simplemente acercarse y pedírselo. Rodrigo lo vería como lo que era: un jovencito presuntuoso con más ambición que talento comprobado.

Así que Alonso adoptó otra estrategia. Comenzó a ayudar a Rodrigo de manera desinteresada. Después de los ensayos, se quedaba a ordenar los atriles y las partituras. Cuando Rodrigo necesitaba que alguien fuera a buscar un instrumento reparado, Alonso se ofrecía voluntario. Si había que cargar los instrumentos pesados para una procesión, allí estaba Alonso, sudando pero sonriendo.

—Eres un buen muchacho, Alonso —le dijo Rodrigo un día, después de que Alonso le ayudara a transcribir unas partituras—. Muchos de los jóvenes de ahora solo piensan en sí mismos.

Alonso sonrió, sintiendo una punzada de culpa. Porque él también estaba pensando en sí mismo, aunque Rodrigo no lo supiera.

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Mientras tanto, en la nave capitana, Blasco Núñez Vela se desesperaba. Habían pasado semanas desde que había enviado la carta al emperador, y no recibía respuesta. Cada día que pasaba era un día perdido. La época de navegación óptima se acortaba, y si no zarpaban pronto, tendrían que enfrentarse a las tormentas del verano atlántico.

—Tal vez deberías reconsiderar el asunto —le sugirió Diego Flores una tarde—. Podríamos zarpar sin los trompetas. O buscar algunos en otra ciudad.

—¡No! —rugió Núñez—. Esto es una cuestión de principios. El emperador dio una orden, y el cabildo de Sevilla debe obedecerla. No voy a ceder.

Pero por dentro, Núñez sabía que el tiempo se agotaba.

Alonso también sentía que el tiempo se le escapaba. Había escuchado rumores de que la flota zarparía pronto, con o sin los trompetas de Sevilla. Tenía que hacer algo más, algo audaz.

Una tarde, tomó su trompeta y caminó hasta el puerto. Los grandes galeones estaban allí, meciéndose suavemente en el agua protegida por el malecón. El navío capitán, el más grande y ornamentado de todos, se erguía como un castillo flotante, con sus dos mástiles apuntando al cielo y su torre de popa elevándose sobre la cubierta.

Alonso se situó en el muelle, justo frente al galeón, y comenzó a tocar.

Tocó las melodías que había aprendido de su tío. Tocó las canciones populares que los marineros cantaban en las tabernas. Y luego, cuando se sintió más seguro, comenzó a improvisar. Dejó que la música fluyera de su interior, melodías que nunca había tocado antes, notas que subían y bajaban como las olas del océano, ritmos que parecían imitar el latido de un corazón aventurero. La gente comenzó a reunirse. Marineros, vendedores, prostitutas, niños, todos se detuvieron a escuchar. Algunos aplaudían, otros lanzaban monedas a sus pies aunque siempre pocas, a decir verdad. Un viejo marinero con un parche en el ojo silbaba al compás de la música.

Pero Núñez Vela no aparecía.

Alonso volvió al día siguiente. Y al siguiente. Cada tarde, al atardecer, se plantaba frente al galeón capitán y tocaba su trompeta. La multitud crecía. Algunos comenzaron a llevar a sus familias para escucharle. Una mujer le dio una hogaza de pan. Un comerciante le ofreció vino.

Pero Núñez no salía del barco.

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Finalmente, después de lo que parecieron eternidades, llegó la respuesta del emperador.

La carta llegó en un veloz correo desde Madrid, con el sello real brillando en lacre rojo. Núñez la abrió con manos temblorosas, leyó rápidamente, y luego dejó escapar un gruñido de frustración mezclada con alivio.

—¿Qué dice? —preguntó Diego.

—Que el cabildo debe autorizar el viaje de un trompeta. Uno. No tres, uno —Núñez arrojó la carta sobre la mesa—. ¡Solo uno! ¿Cómo voy a hacer la pompa necesaria con un solo maldito trompeta?

—Al menos es uno —intentó consolarlo Diego—. Es mejor que ninguno.

—Supongo —gruñó Núñez—. Y dice que debe estar aquí en seis días. Zarparemos en cuanto llegue, con o sin más músicos.

El cabildo de Sevilla, enfrentado a una orden imperial directa, no tuvo más remedio que obedecer. Eligieron a un tal Fernando Olaso, a pesar de sus protestas, y le ordenaron presentarse en Sanlúcar de Barrameda en el plazo establecido. Olaso aceptó con el corazón encogido, despidiéndose de su mujer y sus hijos como si fuera a una ejecución.

Esa misma tarde, Núñez estaba en su camarote revisando los últimos manifiestos de carga cuando escuchó música desde el muelle. Era esa trompeta otra vez, ese muchacho que había estado tocando durante días. Núñez había escuchado fragmentos de esa música mientras trabajaba, siempre desde lejos, y tenía que admitir que el chico tenía talento. Pero estaba demasiado ocupado para prestarle verdadera atención.

Hoy, sin embargo, la frustración de tener solo un trompeta le carcomía. Salió a cubierta, malhumorado, y se apoyó en la barandilla para escuchar.

Alonso estaba tocando una melodía que había compuesto esa misma mañana, pensando en Isabela, en el mar, en todo lo que quería descubrir. La música era alegre pero con un toque de melancolía, como una despedida y un comienzo al mismo tiempo.

Núñez escuchó durante varios minutos. El muchacho era bueno, muy bueno para su edad. Tenía técnica, pero más importante aún, tenía alma. Su música te hacía sentir cosas.

Alonso vio que Núñez había salido a cubierta. Este era el momento. Dejó de tocar, recogió las monedas que había en el suelo a sus pies, y antes de que pudiera perder el valor, subió por la pasarela del galeón.

Un guardia lo detuvo inmediatamente.

—¡Eh, tú! ¿Adónde crees que vas?

—¡Capitán Núñez! —gritó Alonso, con la voz quebrada por los nervios—. ¡Puedo ayudarle! ¡Puedo ir como trompeta en su armada!

Núñez le miró con curiosidad. El muchacho era un crío, delgaducho y con ojos demasiado grandes para su cara. Pero había algo en él, una determinación, un fuego.

—Déjalo pasar —ordenó Núñez.

Alonso se acercó, aferrando su trompeta como si fuera lo único que lo mantenía en pie.

—Capitán, yo... yo puedo tocar la trompeta. He estado practicando durante años. Puedo ir con la armada, no necesito mucho, solo comida, un sitio donde dormir y algo de dinero para...

—¿Cuántos años tienes, muchacho? —interrumpió Núñez.

—Diecinueve, señor.

Núñez negó con la cabeza.

—Eres un crío. La travesía es dura. Tormentas, corsarios, enfermedades. Muchos hombres hechos y derechos no sobreviven. ¿Y tú crees que puedes?

—Sí, señor. Lo sé.

—No, no puedes —Núñez se dio la vuelta—. Vete a casa, muchacho. Busca un trabajo menos arriesgado, no pongas en riesgo tu vida aún. Casate con una buena chica. Toca en las fiestas. Pero esto no es para ti.

Alonso sintió que el mundo se le caía encima. Pero no se movió. Se quedó allí, de pie, con su trompeta, mirando la espalda del capitán mientras este se alejaba.

El guardia le agarró del brazo.

—Vamos, has oído al capitán. Fuera de aquí.

Alonso bajó del barco, pero no se rindió. Al día siguiente volvió. Y al siguiente, cuando ya era evidente que la flota estaba lista para zarpar. Y tocó su trompeta con más pasión que nunca, como si cada nota fuera un ruego, una súplica, una promesa.

Y Núñez, a pesar suyo, salía cada vez más a menudo a cubierta para escucharlo. La música del muchacho le gustaba. Le recordaba por qué había elegido la vida de mar, por qué había aceptado esta misión casi imposible. Había algo en esas melodías que hablaba de juventud, de sueños, de un mundo por descubrir.

--o0o--

Seis días después, el músico Fernando Olano llegó a Sanlúcar, montado en una mula y con su trompeta envuelta en paños. Parecía un hombre que camina hacia el patíbulo. Núñez lo recibió en su camarote. El instrumentista era competente, profesional, pero se le veía miserable. Respondía a las preguntas con monosílabos, asentía sin entusiasmo, y cuando Núñez le preguntó si estaba listo para la gran aventura, implemente dijo:

—Estoy aquí porque el emperador lo ordena, capitán. Cumpliré con mi deber.

Después de que Fernando se retirara a inspeccionar su camarote, Núñez salió a cubierta. Era el atardecer, y como un reloj, allí estaba el muchacho en el muelle, con su trompeta. Esta vez tocaba algo diferente, algo más suave, casi como una canción de cuna. Había menos gente alrededor; la novedad se había gastado. Pero el chico seguía tocando, como si no pudiera parar, como si tocar fuera lo único que importaba.

Alonso terminó su melodía y, como todos los días, miró hacia el galeón. Y allí, en cubierta, estaba el capitán Núñez mirándolo. Sus ojos se encontraron.

Alonso no subió al barco esta vez. Simplemente se quedó allí, de pie, con su trompeta colgando de sus brazos caídos, y su expresión decía todo lo que no podía poner en palabras: "Por favor. Déjeme ir con vos. Es lo único que quiero en este mundo".

Núñez lo miró durante un largo momento. Pensó en el sevillano que le habían enviado, profesional pero sin alma, un hombre que tocaba por obligación. Y pensó en este muchacho, este crío que era demasiado joven y demasiado inexperto, pero que tenía algo que el otro nunca tendría: el fuego de un sueño.

—¡Muchacho! —gritó Núñez—. ¡Sube aquí!

Alonso no se lo pensó dos veces. Corrió por la pasarela tan rápido que casi tropezó.

Núñez le miró fijamente.

—Si te llevo, será como aprendiz del trompeta oficial. Te pagaré lo mínimo: comida, hamaca, y unas pocas monedas. No habrá lujos. Trabajarás duro. Y si no puedes con la travesía, si te enfermas o si estorbas, te dejaré en el primer puerto que toquemos. ¿Entendido?

Alonso apenas podía respirar.

—Sí, señor. Sí. Gracias, señor. No le defraudaré.

Núñez sacó una bolsa de monedas y se la entregó.

—Ve al sastre. Necesitas un uniforme de trompeta. Tenemos uno de repuesto, pero hay que ajustarlo. Dile que te lo haga urgente. Zarpamos en dos días.

Alonso tomó la bolsa con manos temblorosas. Quería abrazar al capitán, quería gritar, quería bailar. En lugar de eso, hizo una reverencia profunda.

—Gracias, capitán. Gracias. No... no sé qué decir.

—No digas nada. Solo asegúrate de estar listo —Núñez le dio la espalda, ocultando una pequeña sonrisa—. Y dile al sastre que use paño de Contray. Los trompetas de la armada imperial no visten harapos.

Alonso corrió del barco como si le llevaran alas. En su camino al sastre, su mente era un torbellino. Tenía que empacar sus cosas, tenía que despedirse de Rodrigo, tenía que... Isabela. Su imagen le llegó de pronto a la mente.

Se detuvo en seco. Isabela. ¿Cómo podía irse sin despedirse de ella?

Cambió de dirección y corrió hacia la casa de Don Álvaro, donde sabía que ella estaría trabajando a esa hora. Cuando llegó, jadeante y sudoroso, preguntó por ella. Una criada le dijo que estaba en el costurero del segundo piso.

Alonso subió las escaleras de dos en dos. Cuando entró en la sala, Isabela estaba junto a una ventana, cosiendo un vestido de seda verde. La luz del atardecer la iluminaba como si fuera un cuadro.

Ella levantó la vista y sonrió, pero la sonrisa se desvaneció cuando vio la expresión en el rostro de Alonso.

—¿Qué ocurre? —preguntó, dejando la costura.

—Me voy —dijo Alonso, las palabras saliendo atropelladamente—. Me voy a las Indias. Con la armada del capitán Núñez. Zarpamos en dos días.

El rostro de Isabela palideció. Se llevó una mano al pecho.

—¿Dos días? ¿Y cuándo... cuándo volverás?

—No lo sé. Un año, quizás dos —Alonso se acercó a ella, tomándole las manos—. Isabela, es mi oportunidad. Es lo que siempre he querido. Ver el mundo, ser parte de algo importante...

—¿Y yo? —su voz era apenas un susurro—. ¿Qué seré yo en tus aventuras? ¿Una memoria? ¿Un recuerdo que se desvanece con el tiempo?

Alonso sintió un nudo en la garganta.

—Tú serás la razón por la que volveré. Te prometo que volveré, Isabela. Y cuando lo haga, seré alguien. Tendré dinero, tendré reputación. Podré pedirte en matrimonio como un hombre de verdad, no como un aprendiz sin futuro. Te voy a dar la mejor vida que puedas imaginar.

Isabela lloró, pero asintió. Se abrazaron allí, en el costurero, con el olor a tela y a lavanda rodeándolos. Se besaron, un beso largo y desesperado que sabía a despedida y a promesas inciertas. Las manos de Alonso exploraron la espalda de ella, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la ropa, y por un momento ambos quisieron más, mucho más. Pero sabían que no era el momento ni el lugar.

Cuando se separaron, Isabela le puso algo en la mano: un pañuelo bordado con sus iniciales. Lo había cosido en secreto sin atreverse a dárselo.

—Para que no me olvides —dijo.

—Jamás podría —respondió Alonso, guardándose el pañuelo contra el pecho como si fuera un tesoro.

Se despidieron en la puerta. Alonso la vio alejarse por el pasillo, su silueta recortada contra la luz, y se preguntó si volvería a verla alguna vez.

Esa noche, después de ir al sastre y encargar su uniforme de paño de Contray —ocho varas de la mejor tela flamenca, como correspondía a un trompeta de la armada imperial—, Alonso volvió a la pequeña habitación que alquilaba cerca del puerto. Se tumbó en su jergón, incapaz de dormir, su mente llena de imágenes.

Se veía a sí mismo en la proa de un gran galeón, tocando su trompeta mientras olas gigantescas rompían contra el casco. Se imaginaba llegando a puertos exóticos, con palmeras y playas de arena dorada, tocando para anunciar la llegada del representante del emperador. Se veía luchando contra corsarios, con espada en una mano y trompeta en la otra, como un héroe de las historias que su padre le contaba de niño.

Veía también peligros: tormentas que podían partir un navío por la mitad, fiebres que convertían a los hombres en cadáveres en cuestión de días, corsarios franceses con sus barcos negros y sus banderas sin piedad. Pero incluso los peligros parecían excitantes, parte de la gran aventura.

Y veía a Isabela, esperándolo en Sevilla, mirando hacia el horizonte cada atardecer, preguntándose dónde estaría él, si estaría vivo, si volvería algún día.

"Volveré", se prometió a sí mismo en la oscuridad. "Volveré siendo alguien importante. Alguien digno de ella".

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Los dos días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Alonso recogió su uniforme del sastre —pantalones y casaca de paño azul oscuro de Contray, con botones dorados y ribetes rojos—. Cuando se lo probó y se miró en el pequeño espejo de estaño del sastre, apenas se reconoció. Ya no parecía un aprendiz de Sanlúcar. Parecía un músico de la armada imperial.

Empaquetó sus escasas posesiones: algo de ropa, el pañuelo de Isabela, una pequeña imagen de la Virgen que su madre le había dado cuando salió de Toledo, y por supuesto, su trompeta. Todo cabía en un hatillo que podía llevar al hombro.

Se despidió del maestro director, quien le dio una palmada en la espalda y le deseó buena suerte.

—Sabía que harías algo grande, muchacho —le dijo—. Tienes el fuego. No lo pierdas.

La noche antes de zarpar, Alonso volvió a la plaza del Cabildo, donde tantas veces se había encontrado con Isabela. Ella estaba allí, esperándolo bajo el naranjo donde se habían besado por primera vez. No hablaron mucho. Simplemente se sentaron juntos, con las manos entrelazadas, mirando las estrellas que pronto serían su techo.

—Escríbeme si puedes —dijo Isabela.

—Lo haré. En cada puerto. Te enviaré cartas con cada barco que vuelva a España.

—Y yo las guardaré todas. Las leeré cada noche antes de dormir.

Se besaron una última vez, y luego Alonso se obligó a levantarse y alejarse. Si se quedaba más tiempo, no tendría el valor de partir.

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El día de la partida amaneció claro y brillante. El puerto de Sanlúcar era una confusión organizada de actividad. Los veinte navíos de la armada estaban listos, con las velas desplegadas y las anclas preparadas para ser izadas. Los marineros gritaban órdenes, los oficiales revisaban listas, y las familias se despedían de sus hombres con lágrimas y bendiciones.

Alonso subió al galeón capitán con su hatillo al hombro y su trompeta en la mano. Un contramaestre le asignó una hamaca en la cubierta inferior, junto a otros marineros y soldados. El espacio era estrecho y olía a alquitrán y humanidad, pero a Alonso no le importó. Estaba en el barco. Iba a las Indias.

Su colega músico lo recibió con indiferencia. El trompeta oficial tenía su propio camarote pequeño, como correspondía a un interprete contratado por el cabildo, y dejó claro que Alonso era su subordinado.

—Harás lo que yo te diga, cuando yo te lo diga —le instruyó—. Yo toco en las ceremonias importantes. Tú tocas cuando yo no pueda o cuando te lo ordene. ¿Entendido?

—Sí, señor —respondió Alonso, sin importarle la arrogancia del hombre. Nada podía estropear su alegría.

Al mediodía, llegó la orden. Las campanas de la iglesia de Sanlúcar tañeron, las anclas fueron izadas con grandes chirridos de cadenas, y las velas se desplegaron completamente, hinchándose con el viento del oeste.

La armada comenzó a moverse.

Núñez Vela ordenó que se tocaran las trompetas para marcar la salida. Olano se situó en la cubierta principal, con su uniforme impecable, y tocó una fanfarria solemne y ceremonial. Era técnicamente perfecta pero sin alma, como todo lo que hacía el sevillano.

Cuando terminó, Núñez, que estaba en el alcázar junto al timonel, hizo un gesto a Alonso.

—Tú, muchacho. Toca algo para despedirnos.

Alonso sintió que todos los ojos se volvían hacia él. Los marineros, los soldados, los oficiales, todos esperaban. Por un momento, el pánico lo invadió. ¿Qué debía tocar? ¿Algo solemne? ¿Algo alegre?

Luego miró hacia el puerto que se alejaba lentamente. Vio las casas blancas de Sanlúcar, el castillo de Santiago, las pequeñas figuras en el muelle despidiéndose con pañuelos. Y en su mente vio a Isabela, a su madre en Toledo, a su tío en Madrid, a todos los que dejaba atrás.

Llevó la trompeta a los labios y comenzó a tocar.

No era una melodía que hubiera aprendido. Era algo que nacía en ese momento, de su corazón. Era una canción de despedida, pero también de esperanza. Era triste pero hermosa. Era el fin de algo y el comienzo de algo más grande.

Los hombres del barco se quedaron en silencio, escuchando. Algunos tenían lágrimas en los ojos. Todos pensaban en lo que dejaban atrás y en lo que encontrarían adelante. El mar se extendía ante ellos, vasto e infinito, lleno de promesas y peligros, corsarios y tormentas. Alonso no tenía miedo. Tenía diecinueve años, una trompeta, y el mundo entero por descubrir.  

Núñez Vela sonrió desde el alcázar. Había tomado la decisión correcta al llevarse al muchacho.   




4/2/26

Je ne suis pas loin, juste de l’autre côté du chemin




La mort n’est rien,
 je suis seulement passé dans la pièce à côté.
Je suis moi. Tu es toi.
Ce que nous etions l'un pour l'autre,
 nous le sommes toujours.

Donne-moi le nom que tu m'as toujours donné,
 parle-moi comme tu l'as toujours fait.
 N’emploie pas un ton différent,
ne prends pas un air solennel ou triste.

 Continue à rire de ce qui nous faisait rire ensemble.

Prie, souris, pensez à moi, prie pour moi.

Que mon nom soit prononcé à la maison
 comme il l’a toujours été,
 sans emphase d’aucune sorte,
 sans une trace d’ombre.

La vie signifie tout ce qu’elle a toujours signifié.
Elle est ce qu'elle a toujours été.
 Le fil n’est pas coupé.
 Pourquoi serais-je hors de ta pensée,
 simplement parce que je suis hors de ta vue ?
Je t'attends, je ne suis pas loin, 
juste de l’autre côté du chemin.


Tu vois, tout est bien.


Henry Scott-Holland
(versión en francés de Charles Péguy)

Hoy




Hoy.

Ojalá los calendarios no tuvieran esta fecha. Ojala, vientos amigos hubiesen arrancado todas las hojas de todos los calendarios de todos los años de tal día como hoy. Ojala nunca hubiese ocurrido. Los malos duendes de la melancolía, la desesperanza y el dolor rebuscan hoy por los cajones de mi memoria y te evocan. El universo te recuerda. El cosmos llora. Yo lloro. Y las artes de toda la historia confluyen para honrarte cuando llega este día.

Los timbales y las trompetas de Purcell fueron musicados para ti, para ser escuchados en tu honor.

Neruda escribió La noche está estrellada y tú no estás conmigo para que yo lo leyera esta noche.

El destino sabía que el Lacrimosa de Mozart fue creado para nosotros.


El grito final de muerte helada de La Boheme era por tí.

y con Machado he aprendido que habría de hacerse Su voluntad contra la mía. Siempre fue así, siempre es así.

La barca rosa de Gabriela Mistral era la tuya, tierna compañera.

Dante ya sabía que serás la Beatriz que me guíe y me salve cuando arribe mi turno.

Te buscaré más allá de las tinieblas, mi dulce Eurídice. Y no miraré atrás.

También yo, como León Osorio, cien veces quise interrogar al cielo pero ante mi desventura el cielo calla.

He sentido el manotazo duro, el golpe helado, el hachazo invisible y homicida que Hernández anunció.

Con Quevedo espero que seas polvo enamorado. Yo lo soy. Siempre lo seré.

Me aferro a los versos de Dylan Thomas: aunque los amantes se pierdan quedará el amor y la muerte no tendrá señorío. Eso sí te lo garantizo.

Y Martí i Pol sabía ya que no tornarás pero que perduras en mí de tal manera que me cuesta imaginarte ausente para siempre.


Sólo anhelo, con Manrique, a que mi río desemboque en tu mismo mar y nuestras aguas se confundan otra vez.



31/1/26

Please, Don't Touch Me!

 


Please, Don't Touch Me! , del grupo suizo AND-OR, es una metáfora digital en la que el lector trata de "clickar" al avatar que se mueve por la pantalla. Este evita siempre el contacto pero expresa, con texto y voz, lo que siente, lo que reflexiona ante la relación que el humano pretende. Tras cierto número de intentos el avatar, no pudiéndolo soportar más, muere y otro nuevo es creado. 

Una metáfora de las difíciles relaciones sociales entre humanos que muchas veces no son deseadas y resultan una carga.

El diseño es minimalista con una pantalla en blanco, un robotito de largas piernas y los textos que van apareciendo (acompañados de su verbalización auditiva) en rojo y negro. Las frases generadas permanecen en pantalla hasta hacer que sean una carga insoportable para el avatar.

Puede accederse desde este enlace.









28/1/26

AndorDada

 



AndorDada, de Beat Suter y René Bauer, fue un generador de poemas geolocalizados que podía ser leído en dispositivos móviles como teléfonos Android o IOS. Como, dependía de la localización que detectaba el teléfono, el resultado cambiaba y podía considerarse un poema infinito. Fue creado a principios de este siglo.

La aplicación captaba las ondas WLAN en el área inmediata del lector y las convertía en objetos poéticos. El software generaba entonces texto y creaba verbos a partir de los puntos de acceso capturados.

AndorDada presentaba tres modos distintos: el primer modo creaba una historia; el segundo generaba una narración con los contactos de la agenda; y el tercer modo adoptaba un enfoque lírico y creaba un poema dadaísta.

Al ser intrusivo con las WIFI y los datos personales, los fabricantes no permitieron más su uso tras una temporada en funcionamiento.

Pero, la idea podría ser retomada con las restricciones y seguridades actuales porque, a mi modo de ver, tiene recorrido literario.






26/1/26

The Two Fishermen

 


The Two Fishermen, de Daniele Giampà, es un pequeño hipertexto que narra un cuento basado en El castillo de los destinos cruzados, de Italo Calvino.

Se trata de una sencilla narración en ePub con enlaces que sólo permiten avanzar las páginas. Cada página se configura de manera similar con varias imágenes (que puede visualizarse vía scroll) y un texto.

Puede leerse desde este enlace.




24/1/26

Nomadic Tribe

 


Nomadic Tribe, del estudio de diseño Makermepulse, es una narración digital en la que el lector va pasando por varias páginas animadas. Las animaciones son del tipo parallax para el movimiento de los diferentes planos en profundidad y también locales en donde algunos elementos se mueven o cambian de forma bajo la interacción del usuario. El juego indica, al pasar por encima de ciertos puntos, las acciones que pueden ser ejecutadas en ese "spot" concreto.

La estética es de dibujo animado, elegante y un poco naif, con colores pastel. 

Sobre las imágenes animadas, aparecen los textos que narran la historia que, simultáneamente, se escuchan verbalmente sobre un fondo musical calmoso y bucólico.

La programación enseña mucho sobre cuánto y bueno se puede obtener con las funciones avanzadas de javascript.

Digno de verse. Puede accederse a él desde este enlace.









21/1/26

Partition of India

 


Partition of India es una página web interactiva, encargada por la BBC, que narra los eventos de la descolonización de la India tras la segunda guerra mundial y su partición en India y Pakistán. Igualmente, explora el contexto político de la época y la región.

Se trata de una muy bien diseñada y programada página que utiliza muchos elementos multimedia (Texto, audio, imágenes, vídeo) y técnicas parallax para navegar a través de ella. 

Su diseño se basa en el concepto de  "scrollytelling" (una combinación de scrolling y storytelling).  Así, la página no utiliza un menú de navegación tradicional con pestañas superiores, sino que se organiza de forma lineal y vertical. Está dividida en grandes "bloques" temáticos. La narrativa es visual e inmersiva, permitiendo una navegación sencilla y sin complejidad de seguimiento. La página controla el flujo de información. Al bajar, el texto aparece mediante efectos de fade-in (desvanecimiento), obligando a leer a un ritmo pausado en lugar de visualizar todo el texto de golpe. El esquema cromático cambia según la sección. Por ejemplo, tonos más oscuros y sombríos para hablar de la violencia de la migración, y tonos más neutros para los aspectos técnicos.  

Aparecen retratos de los protagonistas principales de los eventos (Gandhi, Jinnah, Mountbatten) y de hechos ocurridos en aquellos años. Igualmente, testimonios personales.   

Puede accederse desde este enlace.







20/1/26

ASTA. Buscador de documentación

 


ASTA es un buscador de artículos técnicos que, basándose, en IA es capaz de encontrar documentos que traten sobre el asunto que el usuario desee. Puede ser útil a la hora de redactar ensayos para no obviar información ya existente o desarrollada, para no reinventar la rueda, o para simplemente buscar elementos de enseñanza sobre una materia dada.

Puede usarse desde este enlace.

Por ejemplo, introduciendo la cuestión: Application of AI to generate shortstories, o sea Aplicación de la IA para generar relatos cortos, la aplicación devuelve un serie de artículos, indicando además, cuáles parecen más relevantes y cuáles pueden ser colaterales.


En este caso, nos devuelve 2 referencias que parecen tratar específicamente sobre lo demandado, otras 50 que pueden ser relevantes y 15 que pueden tratar anecdóticamente sobre el tema.


Puede abrirse desde la misma ventana de resultados y, efectivamente, puede verse que trata específicamente sobre la pregunta hecha. Además es un documento reciente, del año 2025. Está tomado de ArXiv, el repositorio científico de libre acceso.

Entre los sólo relevantes, he abierto uno al azar:  A Multi-Modal Story Generation Framework with AI-Driven Storyline Guidance.

que resulta también interesante y, yo diría, más que relevante.











18/1/26

MEMRL

 


El artículo titulado MEMRL: Self-Evolving Agents via Runtime Reinforcement Learning on Episodic Memory presenta un marco de trabajo innovador diseñado para permitir que los agentes basados en modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) evolucionen de manera autónoma sin necesidad de actualizar sus parámetros internos.

Este estudio es una colaboración de investigadores pertenecientes primordialmente a la Universidad Jiao Tong de Shanghái (Shengtao Zhang, Weinan Zhang, Ying Wen y Muning Wen), junto con especialistas del Instituto de Innovación de Shanghái, la Universidad Xidian, la Universidad Nacional de Singapur, la empresa MemTensor y la Universidad de Ciencia y Tecnología de China.

La investigación parte de una observación fundamental sobre la inteligencia humana: nuestra capacidad para dominar nuevas habilidades a través de la "simulación episódica constructiva", que consiste en recuperar experiencias pasadas para sintetizar soluciones ante tareas inéditas. 

Aunque los modelos de lenguaje actuales poseen capacidades de razonamiento notables, carecen de esta facultad de autoevolución dinámica. Las soluciones tradicionales presentan graves deficiencias: el ajuste fino de parámetros es computacionalmente costoso y propenso al "olvido catastrófico", mientras que los métodos de recuperación de información pasivos, como la Generación Aumentada por Recuperación (RAG), se limitan a coincidencias semánticas que a menudo recuperan "ruido" o información irrelevante sin evaluar su utilidad real.

Para resolver este dilema entre estabilidad y plasticidad, los autores proponen MEMRL, un sistema que desacopla el razonamiento estable de un modelo de lenguaje respecto al de una memoria episódica plástica y en constante evolución. En este esquema, el modelo de lenguaje actúa como un "córtex" estable, mientras que la memoria externa funciona como un canal de adaptación continua.

La arquitectura del modelo se basa en el triplete Intención-Experiencia-Utilidad. El núcleo de MEMRL es la transformación del proceso de recuperación de información, pasando de ser una tarea de búsqueda pasiva a un proceso de toma de decisiones activo. Para ello, la memoria se organiza en una estructura de triplete: Intención, Experiencia y Utilidad. 

 - Intención : Representa el vector numérico de la consulta o tarea del usuario

- Experiencia : Almacena la solución o trayectoria generada anteriormente.

- Utilidad : Es un valor numérico aprendido (valor-Q) que estima el éxito esperado al aplicar esa experiencia específica a intenciones similares.

El funcionamiento del sistema se divide en dos fases críticas de recuperación:

Fase A: Recuerdo basado en similitud. El sistema filtra la memoria para identificar experiencias que sean semánticamente consistentes con la consulta actual, reduciendo el espacio de búsqueda a un subconjunto relevante.

Fase B: Selección consciente del valor. De las opciones filtradas, el agente selecciona aquellas con mayores valores-Q15. Esto permite distinguir estrategias de alto valor de aquellas que, aunque parezcan similares en el lenguaje, han fallado en el pasado.

A diferencia de los métodos que modifican los pesos del modelo, MEMRL realiza un aprendizaje de refuerzo no paramétrico directamente sobre la memoria. Tras completar una tarea y recibir una señal de recompensa del entorno (éxito o fracaso), el sistema actualiza los valores de utilidad utilizando una regla de diferencia temporal inspirada en las ecuaciones de Bellman. Este proceso permite que el agente "recuerde" qué estrategias funcionan realmente a través del ensayo y error. 

Los autores demuestran matemáticamente que este proceso es estable. Mediante el uso de promedios móviles exponenciales, prueban que los valores de utilidad convergen hacia el retorno esperado real, filtrando el ruido de alta frecuencia y evitando oscilaciones incontroladas. Además, analizan el sistema como un proceso de "Maximización de la Esperanza Generalizada", lo que garantiza que la política de recuperación se estabilice con el tiempo, evitando así el olvido de las capacidades previamente adquiridas.

La eficacia de MEMRL fue validada en cuatro entornos de prueba diversos y exigentes: BigCodeBench (generación de código), ALFWorld (navegación en entornos físicos), Lifelong Agent Bench (interacción con sistemas operativos y bases de datos) y Humanity's Last Exam (HLE) (razonamiento complejo multidisciplinar). Los resultados muestran que MEMRL supera consistentemente a todos los métodos de referencia, incluyendo sistemas RAG avanzados y otros sistemas de memoria de agentes. Las ventajas son especialmente notables en entornos que requieren una exploración intensiva, como ALFWorld, donde MEMRL logró una mejora relativa del 82% sobre los modelos sin memoria y del 56% sobre los sistemas de memoria de vanguardia anteriores25.

El estudio concluye que MEMRL ofrece una solución robusta al dilema entre estabilidad y plasticidad en la inteligencia artificial. Al mantener el modelo de lenguaje "congelado", se preserva el razonamiento lógico y el conocimiento general del mundo, mientras que la capa de memoria evolutiva permite una adaptación rápida y eficiente a nuevos dominios. Esta investigación marca un cambio de paradigma: la inteligencia de los agentes no tiene por qué residir únicamente en el tamaño de sus parámetros o en la intensidad de su entrenamiento previo, sino en su capacidad para gestionar y valorar activamente sus propias experiencias vividas.   

17/1/26

Nuevo método recursivo masivo para LLMs desarollado por el MIT

 


En un reciente artículo que puede leerse completo en este enlace, investigadores del MIT liderados por Alex Zhang han presentado un método recursivo para Grandes Modelos de Lenguaje que permite procesar prompts de longitud arbitraria y hasta 10 millones de tokens sin contexto.

Este enfoque, llamado RML - Recursive Language Model- , propone una solución innovadora al problema del contexto largo  permitiendo procesar entradas de más de 10 millones de tokens sin sufrir el fenómeno conocido como "context rot" (degradación progresiva del rendimiento al aumentar la longitud del contexto) y sin necesidad de reentrenar los modelos.

Los modelos más avanzados de lenguaje (como GPT-5) han mejorado notablemente en razonamiento, pero enfrentan aún dos limitaciones principales. Primero, el límite físico del context window (ventana de contexto), que incluso en modelos avanzados como GPT-5 ronda los cientos de miles de tokens (≈272K en las pruebas). Asimismo, el denominado Context rot, donde el rendimiento cae drásticamente con contextos más largos o tareas complejas, incluso cuando el input cabe en la ventana. Hay argumentos teóricos (entropía) que sugieren que expandir la ventana requiere datos de entrenamiento exponencialmente mayores.

Las soluciones habituales, como la compactación o resumen progresivo del contexto anterior, fallan en tareas que necesitan acceso aleatorio y preciso a detalles específicos dispersos en el texto (por ejemplo, revisión legal, análisis de codebases grandes o razonamiento multi-hop).

Antes estos problemas, los RLMs reformulan el problema como uno de sistemas en lugar de arquitectura neuronal pura. Inspirados en algoritmos "out-of-core" (procesamiento de datos que no caben en memoria RAM principal), tratan el prompt largo como un entorno externo accesible programáticamente.

Así, la entrada se carga como una variable de cadena (string) en un entorno de ejecución Python REPL (Read-Eval-Print Loop). Con ello, el LLM no recibe todo el texto en su contexto, sino solo metadatos básicos (longitud total, etc.). Puede decirse que el modelo actúa como "programador" y genera código Python para inspeccionar, buscar (con técnicas como regex, slicing, etc.), particionar y extraer fragmentos relevantes. Cuando se identifica un chunk interesante, se invoca recursivamente el mismo modelo (o uno más barato/rápido) solo sobre ese fragmento.

La arquitectura típica consiste en un LM raíz potente, como GPT-5, que orquesta y planifica las tareas más  un servidor que es  un LM más eficiente y sencillo que  procesa sub-tareas. El resultado es que el sistema mantiene una interfaz idéntica a un LLM estándar (input string → output string), pero escala a longitudes órdenes de magnitud mayores sin tocar la ventana nativa del modelo subyacente. El código de implementación está disponible en GitHub (repositorio de Alex Zhang). 

En las evaluaciones que los autores detallan en su artículo, comparan RLMs contra baselines directos, agentes de resumen, CodeAct y otros enfoques agenticos en tareas de contexto largo. En general, los RLMs mantienen un rendimiento estable más allá de los 16K–272K de tokens, cifras donde los modelos base colapsan. En los experimentos se escaló con éxito a más de 10M tokens (dos órdenes de magnitud por encima del límite habitual).

Además, resultó que los costos medios de operación son comparables o inferiores que otras aplicaciones semejantes, incluso en hasta 3 veces menores.

Los autores argumentan que la mayoría de tareas complejas se descomponen en sub-tareas locales que no requieren ver todo el contexto simultáneamente. Por ello, los RLMs complementan (no reemplazan) técnicas como RAG y se pueden integrar fácilmente como wrapper en aplicaciones empresariales (análisis de código de bases masivas, revisión legal, historiales de chat largos, razonamiento multi-paso).